Hakim, y el reino de los deseos (Primera parte)

Como os prometí aquí os traigo el cuento oriental. He decidido ponerlo en dos partes, para que os sea más fácil leerlo. Espero vuestros comentarios. Besos.


Hakim, y el reino de los deseos

En lo más profundo del valle, escondido tras las montañas, vivía Hakim, un joven que, afanado, trabajaba con su padre y sus hermanos las tierras de su pequeña granja. Hakim era el cuarto hijo de una familia de once hermanos, los cuales, muy unidos, se repartían las tareas ayudando, los varones en el campo y las chicas en la casa cuidando de los pequeños y cooperando con las tareas del hogar.
 Aquel era un pequeño poblado de campesinos y ganaderos que convivían en perfecta armonía. La vida en el pueblo transcurría alegre, pues sus animales y sus cosechas, era lo único que necesitaban para ser felices.
Pero aquella dicha pronto se tornó en desgracia pues un día dejó de llover y tras ese día le siguió otro. Y los días se transformaron en meses y estos en años. Los ríos se secaron al igual que ocurría con los pozos. Los animales morían y los campos dejaron de producir, pues la sequía los había dejado yermos.
Los campesinos preocupados se reunían buscando soluciones pero éstas nunca llegaban y pronto las personas comenzaron a enfermar. Entre ellos la madre de Hakim que a causa de la malnutrición se quedó postrada en una cama. Aquello hundió a la familia en la tristeza, pues como algunos de sus vecinos habían hecho, la familia de Hakim se preparaba para abandonar el poblado y comenzar una nueva vida en otro lugar. Pero tras este traspiés sólo les quedaba esperar un milagro y rezar.

Todas las mañanas, Hakim subía al nacimiento del río esperando aquel milagro que nunca llegaba, un hilo de agua, algunas gotas o incluso un poco de humedad habría sido suficiente para dar esperanzas al muchacho, pero nada de aquello ocurría.
Lo que Hakim no podía imaginar es que aquella mañana, sus ruegos serían escuchados, pero no con lluvia, sino con magia.
Se encontraba absorto en sus rezos cuando unos pasos lo sacaron de su ensimismamiento y al girarse vio a una anciana que con esfuerzo y apoyada sobre un bastón, se acercaba lentamente hacia Hakim. Este se acercó rápidamente a ayudarla y le ofreció la roca en donde había estado sentado unos segundos antes. La anciana agradecida sonrió y ocupó la piedra que hacía las veces de asiento.
—Gracias joven, por tu amabilidad —dijo la anciana una vez acomodada en la dura roca y añadió—. Espero no haber perturbado tu concentración, pues se te veía absorto en tus pensamientos.
—No se preocupe señora —contestó casi aliviado— pues lo que hacía nada iba a resolver.
—No digas eso hijo mío, todo tiene solución si no pierdes la esperanza. Fíjate en mí, cuando ya creía morir de sed, apareces ante mis ojos.
Hakim sonrió y sacando su bota le ofreció agua a la anciana, que esta aceptó con gusto.
—Veo que a ti tampoco te sobra —dijo después de beber— pero dime, ¿qué es aquello que aflige a esos ojos pardos que gritan de tristeza? —preguntó extendiendo el brazo para devolver el odre.
Hakim miró a su alrededor y con los brazos abiertos recorriendo el paisaje dijo: — ¿Acaso no es obvio? Mire usted el río, los campos, los árboles. Todo está seco, muerto, sin vida… Hasta mi madre está enferma a causa de esta sequía que nos asuela y nos destruye lentamente —Hakim agachó la cabeza y con lágrimas en los ojos, se disculpó con la pobre anciana que nada tenía que ver con sus problemas y añadió—. Mi casa está cerca de aquí, si a usted le apetece, puede venir y comer con nosotros, no hay mucho para elegir, pero siempre podemos sacar un plato más.
—Me conmueves muchacho y acepto tu invitación, pero antes, déjame contarte una pequeña historia que creo que podrá ayudarte, ven, siéntate junto a mí.
Hakim se sentó a los pies de la anciana intrigado por el relato. Pero ésta sabía darle un toque de suspense a las historia y esperó unos segundos para que la curiosidad del muchacho aumentara.
Desde el lugar donde se encontraba el joven podía observar con claridad el rostro de la anciana. Tenía la tez cubierta de profundas arrugas, resultado de una vida castigada por el sol. Su cabello semi oculto por un pañuelo negro, dejaba entrever, largos mechones níveos que rozaban sus manchadas y arrugadas manos, posadas sobre su falda. Y su figura encorvada que de repente enderezó para comenzar a relatar su historia:
—Cuenta la leyenda, que en la inmensidad del desierto, escondido tras las dunas, existe un pequeño reino, en el cual todos sus habitantes viven eternamente felices. Dicen que aquel reino está gobernada por un hada mágica y oscura que cumple los sueños a cambio de una pequeña ofrenda. Una minucia comparada con la felicidad eterna. Sólo deben entregar un recuerdo a cambio de cada deseo.
— ¿De verdad existe ese reino? —preguntó sorprendido.
—Existe. Y no sólo eso, sino que podrás cumplir tu deseo.
Hakim sintió como la sonrisa volvía a su cara como gotas de esperanza. Por primera vez, presintió que podría salvar a su madre y quizá también a su pueblo.
— ¿Qué debo hacer?, ¿Cómo puedo llegar a ese lugar?
—Para llegar al país de los deseos, deberás caminar hacia el norte, durante siete días y siete noches y mientras hagas ese trayecto no podrás beber agua de día ni abrigarte de noche.
— ¡Pero no sobreviviré! —dijo temeroso.
—No sólo podrás sino que llegarás sin problemas —la anciana sonrió y acarició su negro pelo—. Eres más inteligente de lo que piensas. Pero debo advertirte algo importante. En cuanto recibas tu deseo, regresa de inmediato, no lo pienses, no te demores y vuelve a casa en seguida.
— ¿Por qué? —preguntó Hakim preocupado. Las gotas de esperanza que minutos antes sintió sobre su ser, se evaporaban como el agua de aquellas tierras, a cada palabra de la anciana.
—La avaricia del hombre por todos es conocida. El humano que ve su deseo cumplido, siente la necesidad, la codicia de obtener otro y otro más, perdiendo así todos sus recuerdos y convirtiéndose en un ser vacío de espíritu. Recuerda esto Hakim: Eres lo que has vivido. Tus vivencias te han hecho ser así y si dejas de recordar tu pasado, te anularás en tu presente.
Hakim no advirtió que en ningún momento le había dado su nombre a la anciana y ayudándola a ponerse de pie, la acompañó a su casa como le había prometido. Tras una sencilla cena, el joven estaba decidido. Saldría aquella misma noche de allí, pues si caminaba de noche no tendría que abrigarse pues el movimiento le haría entrar en calor y durmiendo de día evitaría la sed y el beber agua, sólo así encontraba una solución a la advertencia que la octogenaria le había hecho.
Y así lo hizo, durante siete días durmió y por las noches, guiados por la estrella polar continuó su camino hasta que la última noche, cuando ya se creía perdido una fila de palmeras apareció frente a él y formando un enorme arco, le dieron la bienvenida al reino de los deseos.
Al cruzar la puerta improvisada de palmeras, el mundo cambió ante él. Ya no había arena, ni siquiera era de noche. Un arcoíris enorme cruzaba el cielo de la ciudad. Hakim no sabía dónde debía dirigirse pero comenzó a andar mientras admiraba la belleza del lugar y se asombraba de las cosas tan extrañas que veía. Una carroza de oro tirada por caballos alados, palacios de piedras preciosas, un elefante que habla y hasta un tigre bípedo que le saludó con un gesto de cabeza al pasar por su lado.
« ¿Pero qué clase de extravagancias son estas? ¿Acaso la gente de aquí no tienen problemas normales? ¿Quién puede pedir un elefante hablador habiendo tanta hambre o sequías o enfermedades en el mundo?» pensó molesto.
 Y mientras caminaba, sus pasos le llevaron al salón de un enorme palacio. La sala, rodeada de columnas de mármol rosado y arcos de medio punto, albergaba en el centro un gran trono de oro y plata con mullidos cojines de terciopelo, donde delante de sus propios ojos, apareció sentada, una joven bellísima. Su tez, blanca y suave estaba enmarcado por su largo pelo dorado que brillaba intensamente cegándolo; y sus ojos, del color de la esmeralda más pura, lo miraban seductora y provocativamente.
Hakim se acercó asustado pues la belleza irradiada por aquella mujer lo hacía sentir débil y pequeño.
—Acércate Hakim, cuéntame qué deseas.
— ¿Cómo sabe mi nombre? —consiguió articular tras tragar varias veces para recuperar la voz, por los nervios perdida.
—Yo lo sé todo, sobre todos los seres que conviven en estas tierras. Pero dime querido, ¿Por qué estás tú?
—Quiero pedir un deseo
— ¿Sabes que a cambio me darás un recuerdo? El que yo elija.
— Sí, lo sé y no me importa.
— Pues entonces has llegado al lugar correcto. Y dime Hakim, ¿Cuál va a ser ese deseo?
— Deseo… —y durante un instante cerró los ojos con fuerza y recordando todo lo que había dejado atrás continuó—, que los enfermos de mi pueblo se curen, sobre todo mi madre; que vuelva la lluvia y acabe la sequía que nos asuela y que los campos vuelvan a ser fértiles y produzcan de nuevo.