Quién habita la casa (Capítulo 3)


Por suerte la carretera estaba bastante tranquila esa mañana y tardaron poco en llegar, aun así, el chico de la inmobiliaria ya les estaba esperando junto a la verja de la casa.
Desde la valla se veía una señorial mansión que se levantaba como queriendo tocar al mismo cielo, imponente, grandiosa, con grandes muros de piedra, inmensos ventanales y árboles enormes que la rodeaban dándole un aspecto algo lúgubre.
Tras las debidas presentaciones, Sara, le preguntó lo que tanto ansiaba saber:
— Perdona pero tengo que preguntarlo, ¿El precio que viene en el anuncio es un fallo verdad? Porque si la casa es la que estoy viendo desde aquí dudo muchísimo que valga tan barata.
— El precio que viene en el periódico está bien, la casa es así de barata porque tiene un pequeño inconveniente.
— ¿Y por qué no me ha comentado este pequeño problema, antes de hacernos venir? ¿Qué le pasa a la casa, está en ruinas, no tiene papeles, qué?
— No, no, nada de eso— el muchacho se encontraba un poco violento, es normal que los clientes se molesten por no saber de antemano el hándicap de la casa, pero es norma de la empresa no decir nunca nada desfavorable hasta tener a los futuros compradores delante, de esa manera hay más opciones de venta. — Tanto la estructura de la casa como el tema burocrático están en perfectas condiciones, pero si me lo permiten les cuento cual es esa minucia.
— ¡¡Adelante!!— dijeron Sara y Roberto al unísono.
— La casa tiene más de seiscientos metros cuadrados sin contar los jardines y terrazas. Se encuentra en muy buen estado como comprobarán en un momento. Pero la dueña de la casa cree que se ha quedado demasiado grande para ella y su doncella, son dos señoras muy ancianas, si no me equivoco la señora tiene unos ochenta y tres años y la ama de llaves unos sesenta y nueve más o menos. El inconveniente es que esta señora pone la casa en venta a este precio tan rebajado, con la condición que las dejen vivir en ella hasta el fin de sus días. Son personas mayores, se sienten solas, y sus últimos días les gustaría que fueran acompañados de una pareja como vosotros, sentirse arropada como en una familia…
Roberto, que hasta entonces se había, mantenido al margen, se acercó a la verja mirando hacia la casa, luego se volvió hacia Sara y tras ver en su rostro vacilación, la cogió de la mano y le señaló la casa — ¿Te gusta?— Sara asintió con la cabeza — pues vamos a entrar, vemos la casa, conocemos a sus ocupantes y luego en casa nos lo pensamos tranquilamente, no tenemos ninguna obligación de contestar ahora.
Si había algo que le encantaba de su marido, era la serenidad que siempre le transmitía, para él cualquier problema tenía solución.