Bienvenido/a a mi rinconcito de internet. Aquí iré colgando mis pequeños textos y estás invitado a pasear y comentar (siempre desde el respeto y la educación). Espero que disfrutes de los relatos, tanto como yo lo hago escribiéndolos.

Fallo del 2º Concurso de Relatos Cortos Fantasticos FanHammer 2014

Me satisface comunicaros que tras mirar el fallo del 2º Concurso de Relatos Fantásticos FanHammer 2014, me han comunicado que he quedado en el segundo puesto con el cuento  "Hakim y el país de los deseos". 
La verdad es que ha sido una estupenda noticia y no quería pasar la oportunidad de compartirlo con todos vosotros. Podéis ver el fallo en el blog de FanHammer.

A continuación os dejo de nuevo el cuento para todos aquellos que no lo hayáis leído o que os apetezca volver a leer. Un abrazo a todos y Feliz domingo.





Hakim, y el reino de los deseos


 En lo más profundo del valle, escondido tras las montañas, vivía Hakim, un joven que, afanado, trabajaba con su padre y sus hermanos las tierras de su pequeña granja. Hakim era el cuarto hijo de una familia de once hermanos, los cuales, muy unidos, se repartían las tareas ayudando, los varones en el campo y las chicas en la casa cuidando de los pequeños y cooperando con las tareas del hogar.
 Aquel era un pequeño poblado de campesinos y ganaderos que convivían en perfecta armonía. La vida en el pueblo transcurría alegre, pues sus animales y sus cosechas, era lo único que necesitaban para ser felices.
Pero aquella dicha pronto se tornó en desgracia pues un día dejó de llover y tras ese día le siguió otro. Y los días se transformaron en meses y estos en años. Los ríos se secaron al igual que ocurría con los pozos. Los animales morían y los campos dejaron de producir, pues la sequía los había dejado yermos.
Los campesinos preocupados se reunían buscando soluciones pero éstas nunca llegaban y pronto las personas comenzaron a enfermar. Entre ellos la madre de Hakim que a causa de la malnutrición se quedó postrada en una cama. Aquello hundió a la familia en la tristeza, pues como algunos de sus vecinos habían hecho, la familia de Hakim se preparaba para abandonar el poblado y comenzar una nueva vida en otro lugar. Pero tras este traspiés sólo les quedaba esperar un milagro y rezar.

Todas las mañanas, Hakim subía al nacimiento del río esperando aquel milagro que nunca llegaba, un hilo de agua, algunas gotas o incluso un poco de humedad habría sido suficiente para dar esperanzas al muchacho, pero nada de aquello ocurría.
Lo que Hakim no podía imaginar es que aquella mañana, sus ruegos serían escuchados, pero no con lluvia, sino con magia.
Se encontraba absorto en sus rezos cuando unos pasos lo sacaron de su ensimismamiento y al girarse vio a una anciana que con esfuerzo y apoyada sobre un bastón, se acercaba lentamente hacia Hakim. Este se acercó rápidamente a ayudarla y le ofreció la roca en donde había estado sentado unos segundos antes. La anciana agradecida sonrió y ocupó la piedra que hacía las veces de asiento.
—Gracias joven, por tu amabilidad —dijo la anciana una vez acomodada en la dura roca y añadió—. Espero no haber perturbado tu concentración, pues se te veía absorto en tus pensamientos.
—No se preocupe señora —contestó casi aliviado— pues lo que hacía nada iba a resolver.
—No digas eso hijo mío, todo tiene solución si no pierdes la esperanza. Fíjate en mí, cuando ya creía morir de sed, apareces ante mis ojos.
Hakim sonrió y sacando su bota le ofreció agua a la anciana, que esta aceptó con gusto.
—Veo que a ti tampoco te sobra —dijo después de beber— pero dime, ¿qué es aquello que aflige a esos ojos pardos que gritan de tristeza? —preguntó extendiendo el brazo para devolver el odre.
Hakim miró a su alrededor y con los brazos abiertos recorriendo el paisaje dijo: — ¿Acaso no es obvio? Mire usted el río, los campos, los árboles. Todo está seco, muerto, sin vida… Hasta mi madre está enferma a causa de esta sequía que nos asuela y nos destruye lentamente —Hakim agachó la cabeza y con lágrimas en los ojos, se disculpó con la pobre anciana que nada tenía que ver con sus problemas y añadió—. Mi casa está cerca de aquí, si a usted le apetece, puede venir y comer con nosotros, no hay mucho para elegir, pero siempre podemos sacar un plato más.
—Me conmueves muchacho y acepto tu invitación, pero antes, déjame contarte una pequeña historia que creo que podrá ayudarte, ven, siéntate junto a mí.
Hakim se sentó a los pies de la anciana intrigado por el relato. Pero ésta sabía darle un toque de suspense a las historia y esperó unos segundos para que la curiosidad del muchacho aumentara.
Desde el lugar donde se encontraba el joven podía observar con claridad el rostro de la anciana. Tenía la tez cubierta de profundas arrugas, resultado de una vida castigada por el sol. Su cabello semi oculto por un pañuelo negro, dejaba entrever, largos mechones níveos que rozaban sus manchadas y arrugadas manos, posadas sobre su falda. Y su figura encorvada que de repente enderezó para comenzar a relatar su historia:
—Cuenta la leyenda, que en la inmensidad del desierto, escondido tras las dunas, existe un pequeño reino, en el cual todos sus habitantes viven eternamente felices. Dicen que aquel reino está gobernada por un hada mágica y oscura que cumple los sueños a cambio de una pequeña ofrenda. Una minucia comparada con la felicidad eterna. Sólo deben entregar un recuerdo a cambio de cada deseo.
— ¿De verdad existe ese reino? —preguntó sorprendido.
—Existe. Y no sólo eso, sino que podrás cumplir tu deseo.
Hakim sintió como la sonrisa volvía a su cara como gotas de esperanza. Por primera vez, presintió que podría salvar a su madre y quizá también a su pueblo.
— ¿Qué debo hacer?, ¿Cómo puedo llegar a ese lugar?
—Para llegar al país de los deseos, deberás caminar hacia el norte, durante siete días y siete noches y mientras hagas ese trayecto no podrás beber agua de día ni abrigarte de noche.
— ¡Pero no sobreviviré! —dijo temeroso.
—No sólo podrás sino que llegarás sin problemas —la anciana sonrió y acarició su negro pelo—. Eres más inteligente de lo que piensas. Pero debo advertirte algo importante. En cuanto recibas tu deseo, regresa de inmediato, no lo pienses, no te demores y vuelve a casa en seguida.
— ¿Por qué? —preguntó Hakim preocupado. Las gotas de esperanza que minutos antes sintió sobre su ser, se evaporaban como el agua de aquellas tierras, a cada palabra de la anciana.
—La avaricia del hombre por todos es conocida. El humano que ve su deseo cumplido, siente la necesidad, la codicia de obtener otro y otro más, perdiendo así todos sus recuerdos y convirtiéndose en un ser vacío de espíritu. Recuerda esto Hakim: Eres lo que has vivido. Tus vivencias te han hecho ser así y si dejas de recordar tu pasado, te anularás en tu presente.
Hakim no advirtió que en ningún momento le había dado su nombre a la anciana y ayudándola a ponerse de pie, la acompañó a su casa como le había prometido. Tras una sencilla cena, el joven estaba decidido. Saldría aquella misma noche de allí, pues si caminaba de noche no tendría que abrigarse pues el movimiento le haría entrar en calor y durmiendo de día evitaría la sed y el beber agua, sólo así encontraba una solución a la advertencia que la octogenaria le había hecho.
Y así lo hizo, durante siete días durmió y por las noches, guiados por la estrella polar continuó su camino hasta que la última noche, cuando ya se creía perdido una fila de palmeras apareció frente a él y formando un enorme arco, le dieron la bienvenida al reino de los deseos.
Al cruzar la puerta improvisada de palmeras, el mundo cambió ante él. Ya no había arena, ni siquiera era de noche. Un arcoíris enorme cruzaba el cielo de la ciudad. Hakim no sabía dónde debía dirigirse pero comenzó a andar mientras admiraba la belleza del lugar y se asombraba de las cosas tan extrañas que veía. Una carroza de oro tirada por caballos alados, palacios de piedras preciosas, un elefante que habla y hasta un tigre bípedo que le saludó con un gesto de cabeza al pasar por su lado.
« ¿Pero qué clase de extravagancias son estas? ¿Acaso la gente de aquí no tienen problemas normales? ¿Quién puede pedir un elefante hablador habiendo tanta hambre o sequías o enfermedades en el mundo?» pensó molesto.
 Y mientras caminaba, sus pasos le llevaron al salón de un enorme palacio. La sala, rodeada de columnas de mármol rosado y arcos de medio punto, albergaba en el centro un gran trono de oro y plata con mullidos cojines de terciopelo, donde delante de sus propios ojos, apareció sentada, una joven bellísima. Su tez, blanca y suave estaba enmarcado por su largo pelo dorado que brillaba intensamente cegándolo; y sus ojos, del color de la esmeralda más pura, lo miraban seductora y provocativamente.
Hakim se acercó asustado pues la belleza irradiada por aquella mujer lo hacía sentir débil y pequeño.
—Acércate Hakim, cuéntame qué deseas.
— ¿Cómo sabe mi nombre? —consiguió articular tras tragar varias veces para recuperar la voz, por los nervios perdida.
—Yo lo sé todo, sobre todos los seres que conviven en estas tierras. Pero dime querido, ¿Por qué estás tú?
—Quiero pedir un deseo
— ¿Sabes que a cambio me darás un recuerdo? El que yo elija.
— Sí, lo sé y no me importa.
— Pues entonces has llegado al lugar correcto. Y dime Hakim, ¿Cuál va a ser ese deseo?
— Deseo… —y durante un instante cerró los ojos con fuerza y recordando todo lo que había dejado atrás continuó—, que los enfermos de mi pueblo se curen, sobre todo mi madre; que vuelva la lluvia y acabe la sequía que nos asuela y que los campos vuelvan a ser fértiles y produzcan de nuevo.
—Pero eso son tres deseos —dijo sonriendo mientras enumeraba con los dedos—, curar enfermedades, hacer llover en tus tierras y volver los campos fértiles. ¿Estás de acuerdo?
Hakim preocupado se lo pensó durante unos segundos pero la necesidad de solucionar sus problemas, fue más fuerte que el miedo a perder recuerdos y asintió con la cabeza.
—Muy bien —dijo el hada y acercándose a él, colocó sus manos en la cabeza y extrajo tres recuerdos.
Hakim no podía ver que ocurría pero el hada, sacando imágenes de su mente observaba cada uno de aquellos recuerdos produciéndole una gran satisfacción. El primer recuerdo extraído: Su pueblo.
El segundo: Su gente, su familia, sus vecinos.
Y el tercero: Cómo volver.
Al terminar el hada, Hakim intentó recordar su nombre, su edad, e incluso recordó una vez que subido a un árbol, siendo pequeño, la rama se partió y cayó al suelo. Rememorar aquello le hizo sonreír y tranquilizarse pues si era de recordar aquellas cosas, significaba que el hada no le había quitado nada importante. Lo único que no conseguía recordar, era qué deseo había pedido. Pero si ese era el recuerdo que perdía, pronto lo recordaría al ver su deseo cumplido.
— ¿Puedo pedir otro deseo? —preguntó ilusionado
—Faltaría más —contestó la dulce hada—, esperaba que lo hicieras.
—Deseo un castillo de oro y un circo con osos trapecistas y serpientes malabaristas y tigres payasos. Y también deseo una carroza de oro con caballos alados como los de ahí fuera y…
Y el hada satisfecha recogía uno a uno, los recuerdos de aquel joven codicioso que no recordaba por qué estaba allí.
Los días pasaban transformándose en meses y estos en años y Hakim era inmensamente feliz. Los cielos límpidos brillaban de un color turquesa jamás visto antes, y de pequeñas nubes llovía exclusivamente sobre las flores y plantas sin mojar a nadie más. Las aceras doradas relucías y los caminos de plata deslumbraban por los rayos del sol.
Un día, comenzó a encontrarse enfermo y decidió que se acostaría pronto, si a la mañana siguiente continuaba igual, buscaría al hada para que solucionara su mal. Pero aquella noche, sueños extraños le invadieron, rompiendo la paz que sentía. Una mujer le llamaba y le decía cosas extrañas sobre un lugar que no conocía.
— Hakim, hijo mío, soy mamá —decía aquella extraña mujer— Sé que no me reconoces porque has perdido tus recuerdos, pero debes saber que tienes un hogar al que debes volver pues tu familia te espera con los brazos abiertos. Cariño vuelve a casa, sal de ahí. Tus hermanos y tu padre de necesitan y yo también. No nos olvides Hakim y regresa a tu verdadero hogar.
A la mañana siguiente, Hakim despertó sudoroso e intranquilo, pero curiosamente podía recordar su sueño a la perfección y una intranquilidad se apoderó de él. Durante toda la mañana anduvo por las calles absorto en sus pensamientos, preguntándose por qué le angustiaba tanto ese recuerdo y por qué no lograba quitárselo de la cabeza. Así pues, decidió que al caer la noche, cuando todos dormían, saldría de allí sigilosamente y buscaría a aquella mujer que le había llamado hijo.
Y así lo hizo. Las palmeras se curvaron abriendo una puerta y Hakim salió de allí sin saber a dónde dirigirse. Sin embargo en el mismo momento en que puso un pie en la arena del desierto, un recuerdo apareció en su mente. « Para llegar al país de los deseos, deberás caminar hacia el norte, durante siete días y siete noches y mientras hagas ese trayecto no podrás beber agua de día ni abrigarte de noche».
«Siete días y siete noches —se dijo a sí mismo— Si para venir tuve que caminar hacia el norte… para encontrar a esa mujer, deberé caminar hacia el sur». Y tras decir esto comenzó a caminar sin descanso. Pero por cada paso que daba y se alejaba del país de los deseos, un recuerdo regresaba a su mente y un deseo desaparecía mientras su cuerpo rejuvenecía, volviendo a convertirse en el joven campesino que llegó desesperado al reino de los deseos, años atrás. Así pues cuando al fin recordó todo, corrió hacia su hogar, donde su familia aguardaba, esperando ver a su madre sana y sus campos verdes, pero la desolación cayó sobre él como jarro de agua fría, cuando comprobó que las tierras áridas permanecían sin producir y el río continuaba seco. Todo parecía igual que cuando se fue y temiendo lo peor, corrió hacia su casa para comprobar que su madre al menos, estuviera sana. Pero no fue así y aunque sonriendo por ver a su hijo de vuelta, su cuerpo consumido permanecía postrado en la misma cama que años atrás.
— Temí que no volvieras —dijo la madre con esfuerzo— tras pasar diez días, la anciana me contó que podías haber caído en la maldición del hada oscura y quise hacerte venir, no quería irme de este mundo sin despedirme de ti.
Hakim se arrodilló junto a su madre y lloró desconsolado, pues nada de lo que había hecho, había servido de nada y mientras él se divertía en un mundo de ilusión, su madre seguía sufriendo y muriendo lentamente. Cuando su madre se durmió, Hakim corrió hacia el río y encontró la roca donde años atrás solía sentarse y allí dejó aflorar sus sentimientos, su dolor y su desengaño.
De repente la anciana de pelos blancos y manos manchadas, se apareció ante él y le dijo: —No llores Hakim, pues mientras derramas lágrimas de decepción debes saber que has roto el maleficio. Sólo hacía falta que una persona saliera del reino para romper la maldición y devolver los recuerdos a todos los habitantes del lugar.
— ¡Y de qué me sirve a mí eso, dime! ¿Acaso he curado a mi madre, he devuelto las riquezas a la tierra? ¿Acaso he conseguido algo a parte de vivir una mentira?
—Sí Hakim lo has hecho, pues al romper el hechizo, mi hermana el hada oscura perdió sus poderes y nunca más volverá a hacer el mal. Esos poderes han vuelto a mí —Y diciendo eso, la vieja anciana se convirtió en la joven más bella que jamás hubiera visto el muchacho— y ahora yo puedo cumplir tus deseos, sin tener que dar nada a cambio, pues una vez vine pidiendo agua y me ofreciste tu hogar a pesar de las faltas que sufrías.
La joven acarició la cabeza del muchacho y le dijo: —Mira al cielo Hakim —y con un movimiento de manos, nubes negras se cernieron sobre ellos y comenzaron a descargar agua sobre los campos que a su vez empezaron a brotar— Y ahora corre a casa Hakim, tu madre te espera.
Y aún estupefacto, corrió todo lo que sus piernas le permitieron hasta llegar a casa, donde su madre, sana y salva, le esperaba con los brazos abiertos fundiéndose en un largo y cariñoso abrazo, mientras el resto de la familia reían a carcajadas y palmeaban o abrazaban al muchacho.
Dos años después, los vecinos habían vuelto y el pueblo creció gracias a la fertilidad de sus tierras y al agua que nunca volvió a faltar.
Hakim vivió feliz junto a su familia y el hada regresó al país de los deseos, donde repartió dicha y fortuna sin pedir nada a cambio.