Bienvenido/a a mi rinconcito de internet. Aquí iré colgando mis pequeños textos y estás invitado a pasear y comentar (siempre desde el respeto y la educación). Espero que disfrutes de los relatos, tanto como yo lo hago escribiéndolos.

Junto a la hoguera

Aquí os dejo el último trabajo que he realizado. Cinco historias dentro de una. Cuatro de ellas son hechos reales que vale la pena conocer. Espero que la disfrutéis. Besos para todos.


Junto a la hoguera
Como es costumbre en estos campamentos, nos encontramos sentados alrededor del fuego bajo un maravilloso cielo estrellado, con la intención de contar relatos de terror. Pero esta noche, me vais a permitir contar otro tipo de historias, que aunque también se hayan envueltas en un halo terrorífico, aquí los protagonistas son héroes reales que pertenecieron a nuestro mundo y que dejaron en él la huella de las buenas acciones que realizaron, salvando las vidas de miles de personas.
Tres de ellos pertenecen a la lista de los denominados “Justos entre naciones” y actualmente se encuentran inscritos en el Muro de Honor del Jardín de los Justos, en Israel; pues sin ser judíos, ayudaron a salvar a estas personas de una muerte segura.
Sin embargo, la última historia que os voy a contar trata de una heroína muy especial. Una niña que sufrió las consecuencias de aquella guerra, la Segunda Guerra Mundial.
Pero antes de comenzar os quiero repartir unas láminas donde podréis observar con gran precisión las crónicas que os voy a relatar.
La brisa rozaba las hojas de los árboles, que rodeaban a los jóvenes, meciéndolas suavemente. El crepitar de los troncos se confundía con el canto de los grillos que escondidos, observaban el paisaje. El calor de la lumbre abrigaba del relente mientras las llamas proyectaban un juego de luces y sombras tal, que las imágenes parecían cobrar vida entre los dedos de los muchachos.
En primer lugar me gustaría hablaros de Yvonne Nèvejean. Una maestra belga que ayudada por la Reina Madre y con el pleno conocimiento de los alemanes, creó la ONE (Agencia nacional para la infancia) Una especie de residencia para los hijos de alemanes y austríacos deportados. Por aquel entonces sólo 58 niños vivían en el centro. Una tarde los alemanes entraron sin permiso en la institución y se llevaron de allí a la mayoría de los pequeños para expatriarlos.
Yvonne no podía permitirlo. Aquellos niños se habían convertido en su familia y aquel edificio en su hogar y sentía la necesidad de hacer algo para impedir su exilio. Así que le pidió ayuda a la Reina y esta con gusto, tiró de todos sus contactos para evitar el asunto. Yvonne Nevejean, feliz de haber ganado su pequeña batalla particular, se dirigió al centro donde debía recoger a sus niños, pero cuál fue su sorpresa al comprobar que junto a ellos, miles de niños judíos, esperaban su turno para entrar en el gueto.
Tras hablar con los chicos de mayor edad del centro, convencieron a los alemanes de que varios de los niños que allí se encontraban pertenecían a su escuela. Y agarrando, cada niño del centro, a uno de los chiquillos de la mano, salieron  del recinto sin provocar sospechas.  Así fue como regresó con casi cien niños.
A pesar de no ser una institución religiosa, se celebraba el Sabath y los días festivos judíos para que los pequeños no olvidaran sus raíces.
Poco a poco y gracias a la libertad de movimiento que le confería su trabajo, Yvonne fue metiendo a niños judíos en el centro, mezclándolos con los que ya había. Dos años después había más de trescientos niños en el colegio.
Los Nazis que comenzaron a sospechar, decidieron hacer una redada, pero la maestra que fue previamente avisada, decidió salvar a todos los niños. Y no sólo a los de su centro, sino a los de todos los centros, que al igual que ella, albergaban a estos pequeños, cuyo único hándicap era el de ser judíos.  En total fueron: dos guarderías, cinco colegios y varias asociaciones y organizaciones de ayudas infantiles. Yvonne Nevejean consiguió esconder y por consiguiente salvar a más de tres mil niños en total, y lo hizo llevándolos a monasterios, conventos y casas particulares.

Los jóvenes que permanecían atentos a la historia, observaban con atención las láminas que tenían sobre su regazo, donde con todo detalle, podía verse cómo la maestra llevaba de las manos a una fila interminable de chiquillos que lloraban asustados, mientras miraban hacia atrás por miedo a ser descubiertos, pero la profesora, incansable, dejaba a los pequeños a salvo en los distintos conventos e iglesias, mientras a lo lejos, los alemanes entraban con sus armas, dentro del centro que tanto Yvonne como los pequeños, habían abandonado para siempre.
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Nuestro siguiente héroe, se llamaba Padre Henri Reynders o también Padre Bruno, nombre por el que lo conocen los supervivientes, hoy día.
El Padre Bruno fue un monje benedictino de Bélgica. Durante un breve periodo de tiempo, colaboró con las fuerzas alemanas, como capellán militar en un campo de prisioneros. Allí pudo descubrir las perversiones y barbaries a las que eran sometidos los judíos, especialmente las mujeres y los niños, pues según decían los alemanes nazis, las mujeres traían hijos defectuosos al mundo y los pequeños ya estaban infectados y no tenían cura.
Tras abandonar el campo de concentración, se estableció en un monasterio cerca de la ciudad de Lovaina. No pasó mucho tiempo cuando comenzó a recibir las visitas de cientos de familias judías que le pedían, al Padre Bruno, que escondiera a sus hijos. Sin poder olvidar la crueldad que ejercían con los niños, el monje se unió a la CDJ (Comité de Defensa de Judíos) y junto a ellos organizó una operación en cubierta para salvar y dar cobijo a todos los pequeños. Cientos de niños fueron escondidos en instituciones religiosas, casas particulares e incluso en los bosques y montañas.
El religioso les proporcionaba alimentos, ropas, y documentos falsos e incluso pagaba a las familias que los tenían acogidos. Nunca olvidó el paradero de ninguno de ellos y los visitaba con asiduidad para asegurarse de que se encontraban bien. Tanto los continuos viajes del Padre Bruno como el alto nivel de actividad en el monasterio de Mont César, llamaron la atención de la Gestapo, que llevaron una redada. El cura no se encontraba en aquel momento en la abadía, pero aquello le obligó a colgar los hábitos, aunque continuó ejerciendo el mismo trabajo desde la clandestinidad.
Tras la liberación del país, el Padre Bruno, recupero a todos sus niños y durante los siguientes tres meses no descansó hasta devolver a todos y cada uno de ellos a sus respectivas familias. Consiguió salvar a más de 400 niños.

Las imágenes hablaban por sí solas. En el centro un monasterio, servía de vía de escape de cientos de pequeños. El Padre Henri Reynders, tras haber escondido a dos pequeños, en una cueva junto a un bosque de enormes robles, entregaba un bebé y una bolsa de dinero a una familia católica mientras, una pequeña se agarraba con fuerzas a sus faldas llorando inconsolable. Al fondo, el pueblo, desde el que se podía ver, cientos de cabecitas asomadas a las distintas ventanas, esperando con ansias el regreso de su salvador, para sentir una pizca de consuelo.

Irena Sendler, fue siempre una mujer de gran coraje y muy influenciada por su padre al que perdió a la corta edad de siete años y del que sólo recordaba una frase: “Ayuda siempre a quien lo necesite”
Trabajadora en los servicios sociales de Varsovia, su vida cambió cuando en 1942, los nazis encerraron a todos los judíos de la ciudad, unos 400.000, en un área acotada y rodeada por un muro. El gueto fue la tumba de miles de personas que morían por inanición o enfermedad e Irena, horrorizada, decidió que debía actuar.
 Consiguió un pase del departamento de Control Epidemiológico de Varsovia para poder acceder al gueto de forma legal y allí entraba diariamente para llevar comida y medicinas a los internos. Una vez dentro, la joven comprendió que el objetivo del gueto era la muerte de todos los judíos y que era urgente sacar al menos a los niños más pequeños, para que tuviesen la oportunidad de sobrevivir. Fue así como comenzó a evacuarlos de las formas más inimaginables.
Los sacaba como enfermos de males muy contagiosos o en ataúdes, haciéndolos pasar por muertos, en cajas de herramientas o entre los restos de la basura…, cualquier sistema era válido si conseguía sacar a los pequeños de aquel infierno. Otra manera era a través de una iglesia con dos accesos, uno al gueto y otro secreto al exterior. Los niños entraban como judíos y salían al otro lado, bendecidos como nuevos católicos. La actividad de Irena era frenética, igual que el riesgo que corría de ser descubierta por los soldados alemanes.
La joven apuntaba entonces en pedazos de papel, las verdaderas identidades de los pequeños y sus nuevas ubicaciones, y luego las enterraba en botes y frascos de conservas, bajo un gran manzano, en el jardín. Allí aguardó, sin que nadie lo sospechase, el pasado de los dos mil quinientos niños del Gueto, hasta que los nazis se marcharon.
Ni siquiera las torturas de la Gestapo, que la dejaron postrada en silla de ruedas, lograron que revelase jamás el lugar en el que estaban ocultos, ni las personas que colaboraban con ella.

El titilar de las llamas causaba un efecto aún más terrorífico en las imágenes. El dolor en las caras de las personas, que encerradas en aquella cárcel esperaban su propio desenlace, provocaban tal congoja en los jóvenes que muchos de ellos no pudieron controlar las lágrimas. Los cadáveres se acumulaban en carros, a la espera de ser arrojados a las fosas comunes. Entre ellos, varios ataúdes pequeños en los que se podían apreciar, unos minúsculos agujeros por donde asomaban los ojitos aterrorizados y rojos de tanto llorar, de algunos niños. Irena, portando enormes bolsas de restos de basura a su espalda, sonreía en su interior mientras daba órdenes de llevar los féretros a las distintas iglesias que ella señalaba. Y en la esquina de la imagen, coronando el lugar, un suntuoso manzano cargado de las más sabrosas y rojas frutas, espera paciente poder revelar el mayor y más fabuloso secreto.
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Esta última heroína de la que quiero relataros su historia, no perteneció a la lista de los justos entre naciones, ni siquiera ayudó a salvar a nadie, pero fue un ejemplo de lucha y valor.
Se trata de Sadako Sasaki, una niña que vivía en Japón cuando lanzaron la primera bomba atómica en Hiroshima. La pequeña tan sólo tenía dos años de edad cuando aquello ocurrió y gracias a que vivía lejos de la zona de impacto, pudo sobrevivir. Nueve años después de aquello, Sadako comenzó a enfermar y fue diagnosticada de leucemia, causada por las radiaciones producidas por la bomba. Los médicos fueron claros con la familia, desde primera hora. Sadako no iba a sobrevivir a la enfermedad. La pequeña, que fue ingresada en el hospital, veía cómo pasaban los días sin saber en qué ocupar su tiempo y se dedicaba a pasear por los pasillos de la clínica. Un día caluroso de agosto, vio en la recepción un precioso regalo que habían donado al hospital, consistía en un decorado formado por mil pajaritas hechas de papel. La niña preguntó qué era aquello y le contaron que existe un dicho popular japonés, el cual dice que si consigues hacer mil pajaritas de papel se te concede un deseo.
Sadako, impresionada por la historia, decidió hacer con sus manos, mil pajaritas de papel y pedir el deseo de no morir de leucemia. Y se puso manos a la obra. Trabajaba sin descanso y cuando la pequeña se quedaba sin papel, se las ingeniaba para encontrar otras maneras: cajitas de medicamentos, pospectos, envolturas de caramelos…, todo era válido para conseguir su objetivo.
A medida que pasaban los meses, el número de pajaritas iba aumentando pero el estado de la pequeña empeoraba y se fue debilitando poco a poco hasta que finalmente murió. Sadako había conseguido hacer 644 pajaritas de papel.
Tras la muerte de la pequeña, los compañeros del colegio, impactados por la pérdida, hicieron pública su historia para honrar su memoria y dejar constancia de su hazaña. La historia tuvo un impacto social y miles de niños de todo Japón, sintieron la necesidad de completar la labor de Sadako. La pequeña fue enterrada con sus 644 pajaritas de papel, pero más de diez mil pajaritos de colores de miles de niños, adornaron su lápida el día de su entierro.

Las lágrimas de los muchachos caían sobre la lámina que recogía cada gota, como lupas, sobre las pajaritas de la imagen, agrandándolas y dándole apariencia de estar en tres dimensiones. En una esquina se podía apreciar a Sadako que incansable, fabricaba con sus pequeñas manos, cientos de pajaritas, mientras miles de niños colgaban por toda la lámina, pequeñas figuras con alas, de inmensos colores.
Una estatua corona la foto. Es una escultura de la pequeña jugando con una pajarita dorada. A los pies de la talla alguien escribe una leyenda que dice así: Este es nuestro lamento. Esta es nuestra oración. Paz en el mundo.
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Los jóvenes comenzaron a recoger y apagaron el fuego para volver a las tiendas a descansar. Los árboles, meciéndose al compás del aire, hacían recordar a aquellos escondites que salvaron las vidas de muchos niños. El cielo despejado mostraba miles de estrellas, testigos todas, de aquellas barbaries. Poco a poco fueron regresando a sus tiendas, algunos comentando las historias, otros sumidos en sus propios pensamientos, pero todos emocionados.
Uno de los muchachos que quedó el último, escuchó de repente unos murmullos y curioso se acercó hasta el lugar del que provenían las voces. Se trataba de otro grupo que al igual que ellos, escuchaban atentos las historias de terror que su monitor contaba, y decidió quedarse a escuchar:
Sara era una joven alocada, que un día apostó con sus amigos que entraría en una mansión encantada y subiría hasta la buhardilla, desde donde se asomaría para demostrarle a todos, que lo había conseguido. El lugar era por todos conocidos pues una serie de sucesos macabros habían ocurrido allí. Desde asesinatos hasta misteriosas desapariciones hacían de aquella casa, la zona más terrorífico del pueblo. Nadie sabía si aquellas leyendas eran ficticias o tenían algo de real, pero lo cierto es que aquella casona llevaba años abandonadas y sus paredes daban muestra de ello.
Entró sigilosa y subió las escaleras con sumo cuidado. Una vez arriba la habitación estaba oscura, las ventanas se encontraban tan sucias que apenas podía traspasar los rayos del sol a través de ellas, y tan altas que le era imposible alcanzarlas. Había tanto polvo y suciedad que difícilmente se podía respirar en aquel habitáculo. Intentó encender la lámpara pero no funcionaba.
Cientos de cajas se amontonaban a lo alto y ancho de la habitación, algunas cubiertas por sábanas, otras volcadas en el suelo, producto de que hacía años que nadie había subido a aquel desván.  Paseó curiosa por la estancia, buscando la manera de llegar a la ventana para poder demostrar a sus amigos la gran hazaña, cuando de repente algo le bloqueó el paso. Sin comprender qué había ocurrido o cómo, descubrió que muchas de aquellas cajas la estaban rodeando. Intentó empujarlas para apartarlas de ella, pero eran demasiado pesadas y no pudo moverlas. Asustada, se giró levemente para buscar una salida por detrás, cuando con horror, observó que un muro de cartón había crecido alrededor de ella, impidiendo cualquier intento de huida. De repente notó algo húmedo bajo sus pies. Del suelo comenzaba a brotar agua. La joven asustada comenzó a gritar pero el ruido estridente del agua, acallaba su voz. Desesperada, empujó con más fuerza las cajas, pero no consiguió moverlas y el agua continuaba creciendo. Estaba atrapada e iba a morir ahogada. Nunca podría imaginar que su aventura terminaría de una manera tan horrible, ni que pagaría tan cara su valentía. Sara cerró los ojos con la esperanza de despertar de aquella pesadilla, le temblaba todo el cuerpo. Notaba como el agua seguía subiendo, le llegaba por la cintura, tenía que hacer algo  pero no sabía qué.
De repente notó que la agarraban de los hombros,  y aterrada intentó zafarse de aquellas manos que la sujetaban con fuerza, mientras continuaba gritando. Entonces abrió los ojos y ante sí, uno de sus amigos intentaba calmarla.
La joven, sin comprender lo ocurrido miró a su alrededor y asombrada observó cómo todas las cajas se encontraban exactamente en el mismo lugar que al principio y tanto el suelo como sus ropas se encontraban totalmente secos. Conmocionada, abrazó a su amigo y se desvaneció entre sus brazos.

Desde su esquina, el joven observador, terminó de escuchar la historia, divertido por ver las reacciones de aquellos chavales que se asustaban por bobas historias.
Aquella noche había aprendido a temer a otro tipo de monstruos. Y con ese pensamiento regresó a su tienda de campaña y se acostó a dormir.

Delma T. Martín.