Amor a primera vista

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Nunca había tenido amigos, siempre se había sentido sola.

Cuando tenía miedo, se abrazaba a sus pequeñas piernas y se cantaba aquella misma nana que años atrás escuchaba a su madre mientras se mecía suavemente. Cerraba los ojos y dejaba que aquel dulce y tierno recuerdo la envolviera. Era el único instante en el que se sentía amada y reconfortada.

Pero continuaba sola y lo sabía, y aquella pena le desgarraba el alma día tras día.

Encerrada en aquella institución, esperando eternamente a que alguien la eligiera a ella. Sólo a ella. Que vieran aquello que los demás no habían visto, esa chispa que hacía que un adulto se sintiera de repente padre o madre y deseara con toda su alma llevarla a casa; a su nueva casa.

De su madre sólo recordaba aquella canción. A su padre nunca lo conoció.

Llevaba varios años en aquel triste lugar lleno de niños, de risas, de juegos y de esperanzas. Un lugar con alegres dibujos en las paredes, con habitaciones enormes llenas de camas y grandes ventanales desde donde se podía observar a las familias que llegaban y que más tarde se iban con su nuevo hijo o hija de la mano.

«¿Cuándo me tocará a mí?» —Se preguntaba. Pero los años pasaban y sabía que si se hacía demasiado mayor, nunca la elegirían.

Aquella mañana era “día de visitas”. Así llamaban al día en el que alguna pareja se pasaba por allí y elegían al afortunado que se iría con ellos.

Todos los pequeños se arreglaban con sus mejores trajes y abrillantaban los zapatos con esmero. Debían dar una buena apariencia. Todos menos ella.

Quizás aquel era el motivo por el que nunca la elegían, pero no le gustaba exhibirse como si se tratara de un mono de feria. Por supuesto comprendía a sus compañeros, pero ella no entendía que alguien te eligiera por tus ropas o tus zapatos. ¿De verdad alguien que desea tener un hijo con toda su alma se fijaría en si los zapatos brillan o no?

Por supuesto aquellas cuestiones las discutía con los adultos del centro y más de una vez se había llevado una reprimenda por listilla, por desobediente o incluso por rebelde, pero le daba igual. Aquellas reprimendas no empeoraban lo que ella sentía en su corazón.

El alboroto se podía oír por todos los rincones, los niños y niñas corrían nerviosos, excitados.

—¡Ya llegan, ya llegan! —Se oía gritar por los pasillos.

Pero ella no acudió. Se quedó en su habitación, abrazada a sus pequeñas y delgadas piernecitas y cerrando los ojos comenzó a tararear su canción.

De repente notó que algo húmedo le rozaba las piernas y le mojaba las manos. Sobresaltada abrió los ojos de repente y lo que vio ante ella le pareció totalmente irreal. Tan irreal como la idea de tener una nueva familia. Pero allí estaba parado delante de ella, sentado en el suelo moviendo alegre su largo y peludo rabo. Un perro grande y peludo que jadeaba junto a su cama.

Acercó su pequeña mano para acariciarlo, tenía miedo, pero algo le decía que aquel animal no le haría daño y así fue. Enseguida supo que le gustaba que le acariciasen detrás de las orejas y en la barrigota y un instante después, se podía escuchar a la pequeña reír a carcajadas por todos los rincones de la gran habitación.

Por primera vez en su vida sabía lo que era amor y no como ella lo hubiera imaginado nunca, pero aquel animal la miraba como si la conociera de toda la vida y ella se sentía querida por él.

De repente una pareja llegaron a la puerta de la habitación, jadeaban casi tanto como su nuevo amigo. Al parecer el perro se les había escapado y llevaban un rato buscándolo.

Cuando la pequeña los vio sintió un nudo en el estómago, sabía que venían a por él, sabía que se lo llevarían y que nunca más volvería a verlo. El miedo se apoderó de ella y se abrazó con fuerzas al cuello del animal y cerrando los ojos con fuerzas pidió que no se lo llevaran:

—Por favor, por favor, déjalo conmigo. Por favor, por favor —bisbiseaba.

Podía oír los pasos que se acercaban cada vez más, pero se negaba a soltar a su perro. Con los ojos aún cerrados, sintió como unas manos se acercaban y agarró con más fuerza el pelo del animal.

Sin embargo aquellas manos no la obligaron a soltarse sino que la acariciaron suavemente. Unas manos llenas de dulzura y cariño se posaban sobre su cara y su pelo y no pudo más que abrir los ojos.

Era joven y bonita y su sonrisa brillaba más que cualquier foco que jamás hubiera visto. Detrás un hombre joven le sonreía también.

—¿Te gusta? —le preguntó y la pequeña asintió levemente.

—¿Sabes que entre todos los niños de este centro, te ha elegido a ti?

Un hipido salió del pequeño cuerpecito. No entendía bien qué estaba pasando pero por primera vez en su vida se sentía feliz.

—¿Te gustaría venir a casa con nosotros?

No contestó, pero las lágrimas descendieron por su cara a tal velocidad que al animal apenas le daba tiempo a secarlas, mientras la pequeña sentía escapar el peso y el dolor de toda una vida por ellas.

Todos rieron al ver la escena. Todos menos la pequeña que seguía llorando aunque esta vez de felicidad.