Engaño



Odiaba el frío.
La pequeña quería salir al campo. Correr, saltar, subirse a los árboles y dar volteretas por la hierba.
Lo sé, no es lo apropiado para una señorita. Pero lo cierto es que a ella le traía sin cuidado lo que pensara la gente.
Y sus padres, se habían rendido y finalmente habían decidido dejarla hacer.

Le había costado muchísimo convencerlos. Muchas peleas, muchas lágrimas y gritos. Había visto a su padre enfurecerse y a su madre llorar y no lo comprendía. ¿Por qué una señorita de principios del siglo XX, no podía hacer aquel tipo de cosas?
¡Las niñas deben aprender a coser, bordar, limpiar y cocinar! ¿Por qué? ¿Quién había inventado aquella estúpida regla? ¿Por qué no podía salir fuera, sentir el calor del sol sobre su cara, maravillarse con el canto de los pájaros, observar los nidos con sus polluelos recién nacidos o incluso los huevos a punto de eclosionar, buscar lombrices o coger caracoles?
Una mañana, a su madre casi le da un infarto, al ver a la rana que había cazado cerca de la charca, y había llevado, escondida dentro de una cesta, a casa. Del susto tiró al suelo todas las ollas que llevaba en las manos.
Menuda reprimenda se llevó. Pero le hizo tanta gracia la reacción que su madre había tenido, que estuvo tres días riendo sin parar. Aún hoy sonríe al recordarlo.
Ahora por fin lo había conseguido. Los había convencido.
Justo ayer, antes de dormir, su padre se acercó a la cama y besándole la frente le dijo: 
—A partir de mañana te dejo salir.
No sabía el porqué de aquel repentino cambio. ¿Acaso sabía que iba a nevar?
Cuando por fin creía haberlo logrado, durante la noche, había caído una nevada tal, que su casa había quedado bloqueada y no podía salir.
Triste y furiosa, miraba por la ventana y fue entonces cuando decidió que odiaba el invierno. 
Odiaba el frío.